El Gran Carnaval

3, Septiembre, 2010

Mírenlos. Tienen los ojos brillantes, saludan, mantienen la moral alta. Ha llegado la NASA a ayudar y nueva maquinaria. Son los mineros, son chilenos, ¡Viva Chile, mierda! y son noticia. Son noticia ahora. Mañana la máquina de triturar noticias dirán que pasó su turno y nadie se acordará de ellos. Dará igual si has ganado Eurovisión, si has sido campeón del mundo, si te llamas lady Gaga. Mañana, te lo anticipo,  no serás noticia.

La digestión de los medios es ligera y su memoria efímera. Darían un brazo por tener la exclusiva de hoy pero rechazarán el largo reportaje de investigación que esa noticia merecerá mañana. Los mineros chilenos dan muy bien en la tele pero en el otro lado del mundo cada día mueren enterrados diez mineros chinos en busca del carbón y no merecen ni una línea. Son los mineros chilenos  y hoy son las estrellas porque mandaron imágenes que quedan muy bien en el informativo. Pero mañana volveran al agujero. Son los Madeleine McCann del post-verano del 2010.

Es tan real su historia, tan reales todos los que aparcen en la bocamina tratando de sacar provecho, tan reales los reportajes en los que  nos hablan de las historias personales del minero enfermero, del minero bromista, del minero depresivo, del minero líder,   que aún  no me creo que no esté el periodista Charles “Chuck” Tatum  y el “Albuquerque Sun-Bulletin” retrasando su rescate para vender más periódicos. Billy Wilder los/nos retrató en El Gran Carnaval, una de las películas sobre el periodismo que todavía no han sido superadas. Una película que habla de los enormes egos, de los intereses bastardos, de las alianzas y de las decepciones que produce un oficio que deglute cada día una realidad y mañana la escupe para pasar a otra cosa.

Billy Wilder dijo que la película se pegó el batacazo en la taquilla porque en 1951 el público aún creía que los periodistas eran gente honesta. Eso creían,  en el pasado.

Comeré más y mejor, no dejaré nada en el plato y si me ofrecen postre no diré que no.

No perderé más tiempo en escuchar lo que no me interesa. Si me llama un amigo iré,  aunque para eso tenga que dejar de estar con el enemigo.

No me molestarán ni un segundo aquellos que arriman el ascua a su sardina . Me plantaré y les diré (paso). No hay mus para los que sólo piensan en su beneficio aunque eso sea para perjuicio (de todos).

Me bañaré en el mar aunque me hiele, subiré al monte aunque me congele, me arriesgaré en todo. Con todos ya he sido suficientemente arriesgado.

Intentaré no morir de una sobredosis de información. Si es preciso morir… que sea de una sobredosis de cariño.  Para eso no usaré ningún tipo de protección.

Me iré más lejos más a menudo para coger otra perspectiva y ver esto con ironía, calma y desapego. Te quierodio, país y paisanaje.

Nunca más volveré a callarme una alegría.  De lo otro, who cares.

Escribiré lo que me pase por la cabeza y no me arrepentiré de lo que diga.

De esto último ya me he arrepentido.

Duda

8, Agosto, 2010

Ya no se si quiero lo que quiero, quiero la imagen de lo que quiero o lo que quiero es una imagen.

poner puertas al mar

poner puertas al mar.Garachico.

Agapanto

4, Agosto, 2010

la flor del amor

Esto es un agapanto.  También se la suele llamar la flor del amor. A diferencia de la mayoría de las bulbosas es perenne. Durante todo el año tiene un follaje espectacular que se suele aprovechar para generar macizos frondosos. Cuando llega el verano, después de una paciente espera de tres años, florece. Y es espectacular.  La flor, si el tiempo acompaña, se conserva casi hasta el otoño. Es una flor poco exigente,  no necesita suelos abonados, ni apenas luz, ni casi agua.  Resiste a casi todas las plagas.

Es una planta llena de símbolos. Dice que para que llegue lo bueno es preciso esperar. Que nuestro máximo explendor tiene una fecha de caducidad. Que una vez perdidos nuestros adornos permanece lo menos visible que es lo que más debemos cuidar.

En esencia un homenaje a lo mejor de la vida.

Bichos en las paredes

9, Junio, 2010

Recuerdo el día. Aunque de eso han pasado más de ocho años. Llevaba casi seis meses sin salir de un hospital. Era la  compañía y trataba de dar consuelo a una persona que irremediablemente se marchaba. Me vienen a la memoria esas noches largas de impotencia, de hastío y de rebeldía ante lo inevitable. Recuerdo las palabras vanas que pronuncié, cliches manoseados, y la sensación de que todo acabaría más pronto que tarde. Unos sentimientos contrapuestos. El deseo de que todo terminara para la liberación y el final del dolor y, por otro lado, la angustia de perder al que se iba.

Y entonces alguien me arrebató de al lado de la cama. Y me dijo “este fin de semana nos vamos a Cantabria”. Cruzamos valles, el día era claro y nos sumergimos en la cueva. Y allí estaban los bichos en las paredes. Los mirabas  y tenías la sensación de que alguien acabara de pintarlos en la roca. Fue  lo más parecido  una experiencia relacionada con la  religión que he sentido en mi vida. Visualicé a la persona que miles de año atrás pintó los bisontes, y me sentí muy cerca. Comprendí que el pintor lanzó su propuesta a las paredes  y deseó que perdurase    en el futuro.  Quizo ser recordado. Trascender en definitiva. Y lo consiguió.

Allí  estábamos,  un grupo en silencio. Y todo el arte que contemplé en mi vida quedó reducido a un sólo trazo. A un ocre, a una roca aprovechada para generar volumen. Y salimos a la luz y continuamos con nuestros afanes y pasaron cosas y gentes, pero el bisonte allá siguió, oscuro en la cueva. Esperando a otros.

Altamira volverá a abrir sus puertas

luego,  me acuerdo de Unamuno

y de Borges

Montañoso, abrumado, indescifrable,
rojo como la brasa que se apaga,
anda fornido y lento por la vaga
soledad de su páramo incansable.

El armado testuz levanta. En este
antiguo toro de durmiente ira,
veo a los hombres rojos del Oeste
y a los perdidos hombres de Altamira.

Luego pienso que ignora el tiempo humano,
cuyo espejo espectral es la memoria.
El tiempo no lo toca ni la historia

de su decurso, tan variable y vano.
Intemporal, innumerable, cero,
es el postrer bisonte y el primero.

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Dicky

28, Mayo, 2010

“‘I’ve got this dicky heart,’ he’d say to the fool” (John le Carré).

Un poco de Luz

20, Mayo, 2010

En el último disco de Luz Casal, entre otras  canciones está “La Cigarra”  que, en su día, cantó Mercedes Sosa.  Es una canción sobre el renacer, sobre la esperanza. Canta desafiante la cigarra a aquellos que  con sus malas artes intentar matar el canto.   Los reveses de la fortuna son inevitables. El destino nos pone demasiadas trampas para que, encima, nos liemos con los liantes, con los confunden las cosas y nos confunden. Pues eso, es primavera, cantemos, como la cigarra.  (por cierto, porque sé que te llegará,  te mando mucho  ánimo,  Luz y también otro abrazo entrañable a Emilio )

Tantas veces me mataron,
tantas veces me morí,
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal,
porque me mató tan mal,
y seguí cantando.

Cantando al sol,
como la cigarra,
después de un año
bajo la tierra,
igual que el sobreviviente
que vuelve de la guerra.

Viva la gente!

12, Mayo, 2010

Me llama una querida amiga. En su día predominó el adjetivo. Hoy nuestra relación es más sustantiva. No se si se me entiende.
Bueno, el caso  es que me llama. Tiene buenas noticias y en estos tiempos yo me alegro. En realidad, como en el chiste, tiene una noticia buena y una mala. La buena, creo,  es que consigue un buen trabajo . La mala es que ha decidido que le ralla mazo la gente. La gente,  así en genérico,  le resulta insoportable y ella, que siempre fue muy de gentes y gentíos está asustada. No le apetece que le pase eso pero no puede evitarlo. Estuvo hace poco en un presunto paraíso vacacional y desde el minuto uno, el del embarque en el avión, comenzó su desfase. La gente en la cola le empujaba, le rozaba le sacudía los tobillos con los maletines rodantes. A pesar de que todos iban a acabar enlatados en el vueling de turno todos trataron de adelantarla en la fila. En el avión la dejaron unos simpáticos jugadores de hockey sin su sitio para el equipaje de mano. Tuvo pacientemente que aguantar en precario equilibrio hasta que todo el mundo se acomodó y al final pudo dejar su exigua maletita en el sitio denominado “a tomar por saco”.

Luego en las vaciones llegó lo que Kurt describió  en el Corazón de las Tinieblas como “el horror”. Bufets abarrotados, malos servicios, intentos de robo y sobre todo ella, que acudía sola al descanso fue apabullada por un sinfín de moscones de esos que piensan que una chica sin pareja y de vacaciones tiene el cartel puesto de “en venta”. Sudores, horrores, ancianos egoístas, tenderos abusones y un largo etcétera.

Y uno que está zen por precisamente lo contrario,  le recomienda que aísle a la gente en individuos. Que piense en la vida triste de todos y cada uno que se le han acercado a su toalla demandando favores inconfesables. Que se ponga en el lugar todos los que se le adelantaron en las filas en esos días y que les vea como personas humanas con sus brillos y sus oscuridades. Que, superponga a esas mezquindades su altura moral. Que piense que al quedar  de tonta ante todos  esos aprovechados, ha servido para levantar transitoriamente algún ego.   Que se lo apunte, en la casilla de actividades filántrópicas y que luego disfrute de la gente, de su gente.

Damón y Pitias

19, Abril, 2010

Seguro que os suena la historia de Damón y Pitias. Damon se enemista con el tirano de Syracusa, Dionisio, y es sentenciado a morir en la horca. El reo pide unas horas de libertad antes de su muerte para despedirse de su familia, pero claro, el tirano le dice que no. Que verdes las han segado, y que si se marcha para despedirse ya te hemos visto, so listo. Para asegurar que sus fines son honestos y de que regresará a la cita con la muerte,  Damón deja en prenda a su amigo Pitias, que gustoso, acepta el desafío. El resto de la historia es conocido: Damón sufre mil penalidades en su viaje y  llega al patíbulo rozando el larguero y cuando ya todos pensaban que había huido. Pero Pitias sigue confiando en su amigo hasta cuando está con  la soga al cuello. Enternecido,  Dionisio perdona la vida a los dos amigos,  y colorín, colorado.

¿Aceptaríamos cualquiera, en esta sociedad cínica y descreída, ser garantía  de nuestros amigos. Personalmente, hay días que dudo hasta de la otra mitad de mi personalidad. Creo que a estas alturas,  las personas por las que apostaría mi cabeza se cuentan con los dedos de una mano, y si me apuran con el pulgar es más que suficiente.

Por eso un asunto reciente  me ha desarmado a  nivel emocional. La semana pasada eran detenidos un grupo de personas. Ese día,  alguien literalmente se volvió loco de generosidad y activismo. Dijo a todos que uno de los  detenidos  era su amigo y proclamó su inocencia. Achicharró a llamadas y a correos a los medios de comunicación que no respetaban la presunción de inocencia. Llamó a políticos, a instituciones, movilizó gente, inició una campaña de recogidas de firmas. Consiguió un espacio destacado en el periódico de mayor difusión en el día que más se  lee el periódico. Esa noticia ya se está empezando a debatir  en las reuniones de las asociaciones profesionales de periodistas…

Y finalmente, después de muchos días,  aulló de alegría a los cuatro vientos. Lo que el sostuvo desde el principio había quedado demostrado. Su amigo fue puesto en libertad. Y eso, con ser muy importante, es secundario para mi visión de lo que se ha vivido.

Es preciso y lo hemos visto  con recientes sentencias,  que a la pena del juez no se sume la “pena de telediario”. En esto,  los que nos dedicamos a la innoble profesión del periodismo,  debemos tener más que cuidado. Jugamos y juzgamos con nuestros titulares sobre bienes, haciendas, personas  y prestigios.

Por otro lado, me gustaría que si llega el día  de que mi cabeza es la que está amarrada a la soga,  alguien tenga la valentía y la certeza de partirse la cara y chillar que  soy inocente. Es lo más parecido a la idea de la felicidad y  de lo justo. Si eso pasa,  y ojalá que nunca pase,  me gustará tener a un Pitias a mi lado.

Una mota de arena

8, Abril, 2010

Me imagino un pequeña larva, un crustáceo diminuto, un camarón allá por el pleistoceno hace 65 millones de años. Inconsciente derivando en el mar de Tetis. Su pequeña vida se extingue y su caparazón desciende hasta el abismo y se mezcla con el limo y con otro miles de millones de desechos orgánicos. Pasan los millones de años y ese cieno se solidifica y dos continentes chocan. Hace treinta y cinco millones de años se produce el llamado plegamiento alpino.

Surgen las principales cordilleras y lo que es fondo del mar se transforma en una montaña que,  poco a poco escala, coge altura y finalmente comienza a erosionarse. Una piedra rueda por la ladera, cae en un valle fluvial, y el pequeño riachuelo comienza a desgastar la masa caliza. Y llega al mineral en el que se ha convertido el resto de la gamba. Y ese guijarro se redondea y comienza a bajar por el cauce de lo que dentro de dos millones de años se llamará río Cares. Y llega a un mar y comienza a rodar en una playa solitaria. Y hace diez mil años esa roca la recoge un humano que marisquea. Esa piedra se transforma en un collar y el collar es enterrado con su propietaria en una cueva cerca del mar.

Y el tiempo pasa y la tumba es removida,  y todo lo que fueron restos descienden por la montaña y finalmente, de nuevo en el mar, pasan otros tres mil años y un grano dorado de arena se pega en una  espalda morena. Y calienta ligeramente al humano que descansa entre dos mareas. Y el sol sale y se mete. Y ese ciclo volverá a pasar todos los días. Y seguiremos formando parte con nuestras ideas, nuestras acciones y nuestros huesos de este planeta que vive y respira y vaga por el universo sin darse demasiada cuenta de lo que somos. Una vida tan relevante y tan digna de mención como la de la pequeña gamba.

Pues sí. El sábado estaba en casa y a las ocho y media fui al cuadro de luces de la casa y pluff desconecté mi domicilio de Iberdrola. Me imagino que unos cuantos  miles de “llamadnos ingenuos, llamadnos románticos, llamadnos ecologistas de salón (nunca mejor dicho)” hicimos lo propio.

Confieso que la cosa tenía truco. Mi netbook seguía con batería y un wifi solidario captado de algún vecino me permitió seguir conectado al mundo y vigilar las reacciones de la gente en twitter . Y mientras con la inestimable ayuda de unas velas, todo muy chill-out, escuchaba spotify  y leía twits que decían: “esto es marketing, una tontería, yo no pienso hacerlo, etc”. Un coro de voces se elevó señalando la iniciativa como algo sin interés. Un invento manipulado por el buenismo imperante o una kermesse directamente aborrecible por ser un detergente para las conciencias.

De acuerdo, pensé, siempre es mejor y más efectivo no hacer nada que hacer un poco. Está claro que el cinismo consigue elevarnos hasta cuotas de bienestar moral interior muy elevadas. Así que con permiso de las piedras, asumiré mis causas con sonrojo pero sin desmayo.

Al día siguiente coincidía con muchas de esas personas en lo real y tuvimos tiempo de comentar la jugada. Lo que me sorprendió  de esa charla es que algunos aseguraban que un puñado de acciones individuales no pueden cambiar una tendencia social. No asumían  tampoco que la sociedad se forma por sus acciones u omisiones.

Vecinos que jamás cambiarían su automóvil por el transporte público; familiares que aseveran que el emigrante recibe demasiadas ayudas mientras ellos cobran en negro y sin declarar el IVA de sus trabajos. Son los que creen que nada de lo que ellos hacen influirá en el resto de sus semejantes,  o en su país, o en el planeta. Los mismos que, curiosamente, tienen una fe inamovible en lo que hacen sus dirigentes.

Están firmemente convencidos de que la culpa de todo lo malo de la sociedad es de quienes la  dirigen. Y, en estas me acuerdo del estudio “La cultura de la corrupción” escrito por Fernando Gil Villa. Comentaba este profesor que “una sociedad corrupta y sin valores es la que genera políticos corruptos“. La política o los políticos suelen ser un fiel reflejo de la sociedad que los sustenta. Por lo tanto somos nosotros, la infantería, los que debemos armarnos de razones morales para luego exigir lo mismo a los que nos gobiernan.  Hablando de estos temas siempre me acuerdo de la reflexión de Alberto Ortiz de Zárate:no odies al gobierno, se el gobierno“.

Y de momento sigo pagando mis facturas con IVA y apagando las luces. Llamadme loco e insensato… pero lo seguiré haciendo. No por lavar mi conciencia sino porque creo que es lo justo.

Leonor

20, Febrero, 2010

Se presenta Leonor. Ojos limpios. Una cadena de oro en el cuello con una alianza colgada. Era un encuentro esperado.  Un  abrazo. Y no se encuentran  las palabras. Torpemente cuento el asombro, la conmoción de ver  a su marido desvanecerse en una nube, en un fogonazo, en un ruido insoportable.  “No sufrió”  le aseguro convencido.  “Cuando la bomba explotó ellos ya estaban tranquilos, relajados, pensaban que todo había acabado y empezaron a sacar las bolsas llenas de explosivos del maletero  con tranquilidad, sin miedo”.

Ella cuenta que Manuel   salió de casa contento. Era el 89, un año de plomo con víctimas y bombas cada semana. Habían hablado de como encarar una muerte probable porque, cada día,  los pocos desactivadores debían enfrentarse a desafíos mortales. Pero estaba contento. Pensaba -dice Leonor- que su trabajo era importante y que lo estaban haciendo muy bien. Esa bomba, la que mato a Manuel, Jose María y Luis, fue un prodigio de maldad sofisticada. Estaba pensada para matar al  máximo número de personas y sólo el arrojo y la valentía y el sacrificio de tres artificieros logró que no muriese más gente.

El profesional que consigue que una bomba no explote lucha contra la entropía. Una bomba es el caos absoluto. La destrucción total y la muerte. Cada día explotan bombas dejando personas mutiladas, muerte y destrucción. Cuando un explosivo te muestra lo que puede romper en un segundo,  la vida no vuelve a ser lo que era.  Es como una graduación siniestra.

Es una vida sin el otro. La vida que lleva Leonor, con su anillo en el cuello.  Añorando lo que perdió pero dando un ejemplo de dignidad, sin odio, sin revancha.  Con esperanza de que lo mucho que nos ha dado  sirva para construir una sociedad en paz. Así sea.