El final de la escapada (en las curvas de Zorroza)

Es lo que tiene el vivir en una zona fronteriza. En un cruce de caminos. La gente de Carson City lo sabía y los de Zorroza también. Aquí, en la margen izquierda, en ocasiones ves pasar a la gente y en otras la ves quedarse. Permanecer estampados, como polillas atraídas por la bombilla,  dentro de sus vehículos en las,  más que famosas, míticas curvas de Zorroza. Y así, lo que empieza con una voz en megafonía que te saca del sueño mientras aulla un “¡¡pare su vehículo!!”, suele terminar invariablemente con un chirrido, un derrape y un automóvil incrustado en la acera. Con un coche con  el capó y el palier reventados tras llevarse por delante unos cuantos bolardos,  y con  la gasolina deslizándose peligrosamente.por la calle.  Y con dos señores esposados y  con la mitad del turno de la benemérita policia municipal de Bilbao comentando la jugada. A altas horas de la madrugada. No, perdón. A las cuatro y diez.

Y no es la primera vez. El  hombre (no el mismo siempre, claro), tropieza en esta curva, en coche  tras persecución policial, tres veces.

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Una sombra gris a la espalda

Llevo un par de semanas con el blog desatendido pero esto no se va a convertir en una pauta. Tengo temas, tengo ganas y ahora, tras dos semanas en un trabajo nuevo, empiezo a tener algo de tiempo.
Hoy tocaba hablar de mi querida Lisbeth Salander. Me acaba de llegar un correo en el que mis libreros favoritos me cuentan que ya tengo reservado el tercer tomo de la trilogía Millenium y bueno, toca otro par de noches sin dormir.
Pero Lisbeth que es paciente,  racional y calculadora,  sabrá perdonar la digresión. Porque hoy han  matado una persona y siempre que alguien es asesinado algo muere en mi  interior.
Ese hombre quemado y con las extremidades rotas es una persona, con padres, hermanos y amigos. Que se ha levantado muy de mañana. Y también es un ¿hombre? el que  ha dejado una bomba en los bajos de un  automóvil para matar a otra persona con padres, hermanos y amigos. También se ha tomado la  molestia de madrugar, la precaución de esperar, el cuajo de manipular un explosivo que se ha cobrado una vida.
Pero lo que me fascina, en el sentido perverso de la expresión, no es ese ejecutor,  sino sus cooperadores necesarios. Aquellos que durante meses han recogido información, que han cruzado datos, que han acudido al colegio donde esa persona dejaba a sus hijos y le han observado meticulosamente. Aquellos con los que se ha cruzado cada día y han apuntado meticulosamente las entradas y salidas, los horarios, las pequeñas manías y costumbres del asesinado.
Espalda contra espalda, tomándose un zurito mientras los respectivos niños juegan en la calle. La leal tropa del terror, los que no se manchan las manos. Los héroes de latón que posibilitan que un vecino deje sus tripas esparcidas en la calle de su barrio. Una sombra gris a la espalda. Un chivato, o una chivata. Y lo más terrible: cuando dentro de quince años salga de la cárcel a  algunos les seguirá pareciendo un héroe.

Llevo un par de semanas con el blog desatendido pero esto no se va a convertir en una pauta. Tengo temas, tengo ganas y ahora, tras dos semanas en un trabajo nuevo, empiezo a tener algo de tiempo.

Hoy tocaba hablar de mi querida Lisbeth Salander. Me acaba de llegar un correo en el que mis libreros favoritos me cuentan que ya tengo reservado el tercer tomo de la trilogía Millenium y bueno, me tocan  otro par de noches sin dormir. Los libros de Stieg Larsson no se leen, devoran.

Pero Lisbeth que es paciente,  racional y calculadora,  sabrá perdonar la digresión. Porque hoy han  matado una persona y siempre que alguien es asesinado algo muere en mi  interior.

Ese hombre quemado y con las extremidades rotas es una persona, con padres, hermanos y amigos. Que se ha levantado muy de mañana. Y también es un ¿hombre? el que  ha dejado una bomba en los bajos de un  automóvil para matar a otra persona con padres, hermanos y amigos. También se ha tomado la  molestia de madrugar, la precaución de esperar, el cuajo de manipular un explosivo que se ha cobrado una vida.

Pero lo que me fascina, en el sentido perverso de la expresión, no es ese ejecutor,  sino sus cooperadores necesarios. Aquellos que durante meses han recogido información, que han cruzado datos, que han acudido al colegio donde esa persona dejaba a sus hijos y le han observado meticulosamente. Aquellos con los que se ha cruzado cada día y han apuntado meticulosamente las entradas y salidas, los horarios, las pequeñas manías y costumbres del asesinado.

Espalda contra espalda, tomándose un zurito mientras los respectivos niños juegan en la calle. La leal tropa del terror, los que no se manchan las manos. Los héroes de latón que posibilitan que un vecino deje sus tripas esparcidas en la calle de su barrio. Una sombra gris a la espalda. Un chivato, o una chivata. Y lo más terrible: cuando dentro de quince años salga de la cárcel,  a  algunos en este país, todavia les  seguirá pareciendo un héroe.

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Al final de la escapada

Hay ocasiones que los periodistas no buscamos las noticias sino que estas nos encuentran y en ocasiones hasta nos arrollan. Lo comentaba el otro día a cuenta de la visita a mi barrio de Angelina Jolie y Brad Pitt. Esta noche pasada, Zorrotza vivió una escena más parecida a cualquier película de policías, que a la tranquila actividad de un barrio residencial. La secuencia de los hechos fue la siguiente: una persecución policial que acabó con un automóvil empotrado contra una caseta de obras. El conductor fue inmediatamente rodeado por más de una decena de policías que lo sacaron aturdido de su destrozado coche. El fugitivo tuvo más suerte. En ese mismo lugar, en esa misma curva, hace tres años una adolescente dejó su vida. No tuvo la suerte de que una estructura desmontable parara el golpe, murió al chocar brutalmente contra el edificio.

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