30 años de las Inundaciones de Bilbao

Hay cosas que te marcan.  Que las recuerdas como si fuera ayer. Estuvimos allí, vimos como, para la naturaleza, el ser humano es algo muy pequeño  y que su única grandeza, la nuestra, consiste en levantarse, en superar las adversidades y volver a empezar. Y en la solidaridad, que no conoce fronteras, ni patrias, ni grupos, ni clanes.   (Entrevista en EL CORREO, Ainhoa de las Heras, especial 24 de agosto)

Brigadas de voluntarios de limpieza

“Todo el mundo echó una mano»

 ‘Dicky’, tenía 18  «añitos», iba a empezar a estudiar Periodismo y bogaba en el equipo cadete de remo Kaiku. Su cuadrilla de Zorroza bajó aquel viernes 26 de agostode 1983 a fiestas de Bilbao. Iban a demostrar que eran un bote (equipo de remo) muy bien coordinado.
«Era un día raro, llovía muchísimo y teníamos que andar esquivando balsas de agua», recuerda 25 años después. Les sorprendió que en el Arriaga sólo hubiera un puñado de personas. El Arenal era «el caos»: los puentes sobrepasados de agua, coches de la Policía Municipal haciendo barrera…
Su particular ruta por la catástrofe continuó hacia La Ribera. Allí
se toparon con «la imagen más fuerte de las inundaciones: el barco ‘El
Consulado de Bilbao’ se puso de pie empujado por la fuerza de la riada».
Propiedad de la Asociación de Capitanes de la Marina Mercante, se
había reconvertido en txoko. ‘Dicky’ y sus colegas escucharon de repente desde un megáfono: «¡Echaros para atrás!». ‘El Consulado’ navegaba a la deriva arrastrado por la marea, quedó trabado y se hundió.
«Llovió sin parar durante docehoras, unos goterones como yo no
había visto en mi vida». Los dos días siguientes vivió «una situación extrema». Su padre fue un ‘niño de la guerra’ y la mujer que le acogió en Francia les visitaba, así que la llevaron a conocer Gernika.
«Los tres quedaron atrapados en un caserío. No había teléfonos móviles, no sabíamos dónde estaban. Fue horrible», rememora. Cuando «bajó
el agua», aparecieron en casa. Lo más positivo fue la ola de solidaridad contagiosa. Los cuatro amigos de Zorrotza se presentaron como voluntarios en el Ayuntamiento y trabajaron casi un mes.
«Nos tocó la calle Correo y la entrada a la Plaza Nueva. Cada vez
que paso por allí, me siento orgullosísimo. Le digo a mi mujer: ‘Estas escaleras las limpié yo’. Encontramos maniquíes y hasta monedas de oro de una tienda de numismática entre los escombros. Las recogíamos con un cedazo, les dábamos un manguerazo y se las devolvíamos al dueño, no nos quedamos con nada».
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