Bichos en las paredes

Recuerdo el día. Aunque de eso han pasado más de ocho años. Llevaba casi seis meses sin salir de un hospital. Era la  compañía y trataba de dar consuelo a una persona que irremediablemente se marchaba. Me vienen a la memoria esas noches largas de impotencia, de hastío y de rebeldía ante lo inevitable. Recuerdo las palabras vanas que pronuncié, cliches manoseados, y la sensación de que todo acabaría más pronto que tarde. Unos sentimientos contrapuestos. El deseo de que todo terminara para la liberación y el final del dolor y, por otro lado, la angustia de perder al que se iba.

Y entonces alguien me arrebató de al lado de la cama. Y me dijo “este fin de semana nos vamos a Cantabria”. Cruzamos valles, el día era claro y nos sumergimos en la cueva. Y allí estaban los bichos en las paredes. Los mirabas  y tenías la sensación de que alguien acabara de pintarlos en la roca. Fue  lo más parecido  una experiencia relacionada con la  religión que he sentido en mi vida. Visualicé a la persona que miles de año atrás pintó los bisontes, y me sentí muy cerca. Comprendí que el pintor lanzó su propuesta a las paredes  y deseó que perdurase    en el futuro.  Quizo ser recordado. Trascender en definitiva. Y lo consiguió.

Allí  estábamos,  un grupo en silencio. Y todo el arte que contemplé en mi vida quedó reducido a un sólo trazo. A un ocre, a una roca aprovechada para generar volumen. Y salimos a la luz y continuamos con nuestros afanes y pasaron cosas y gentes, pero el bisonte allá siguió, oscuro en la cueva. Esperando a otros.

Altamira volverá a abrir sus puertas

luego,  me acuerdo de Unamuno

y de Borges

Montañoso, abrumado, indescifrable,
rojo como la brasa que se apaga,
anda fornido y lento por la vaga
soledad de su páramo incansable.

El armado testuz levanta. En este
antiguo toro de durmiente ira,
veo a los hombres rojos del Oeste
y a los perdidos hombres de Altamira.

Luego pienso que ignora el tiempo humano,
cuyo espejo espectral es la memoria.
El tiempo no lo toca ni la historia

de su decurso, tan variable y vano.
Intemporal, innumerable, cero,
es el postrer bisonte y el primero.

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