Boga!

¿Lo escuchas? Se ha hecho de noche y sólo se oye el ruido de los remos cuando entran en el agua. El sonido cuando salen y giran en las chumaceras. Y en el instante en el que los bogadores recuperan el esfuerzo y  el banco móvil regresa a la posición inicial, un gran silencio.

El agua pasa rápida por el carel, es una sensación de ingravidez, de una ligereza cercana a la de un copo de nieve. Se diría que,  en lugar de estar remando en un “8 con timonel”,  tripulamos una nave espacial en un lugar indefinido del cosmos. El agua de la ría refleja los colores de las lámparas que iluminan las fábricas y todo está muy lejos. Sólo existe el remo, el agua y el esfuerzo. Un esfuerzo que anima y que espolea al que rema.  Una armonía perfecta, una combinación de brazos, piernas y troncos impulsando hacia adelante la embarcación.  Es un ballet, es una sinfonía, es tan bello que el patrón grita “remos arriba!!” y por un instante nadie mueve un músculo y el bote, con la inercia, continúa su recorrido durante quince o veinte metros hasta que se detiene. Y entonces brota, generosa, la risa de todos. ¡Lo hemos hecho muy bien!

boga!Luego están los días de invierno, en los que los remos te hieren en  las manos. Esas jornadas en las que te ocurre algo que oíste a tus padres que sucedía  en la guerra: los sabañones. Que pican y duelen y es un picor como el que decía el replicante  Roy Batty en Blade Runner que no puedes aliviar rascándote. Esos días de granizo y temporal en los que el frío hace que,  después del entrenamiento,  casi no puedas desvestirte. Estas paralizado y decides meterte en  la ducha vestido  para recuperarte del frío y de la lluvia que te han calado todos los huesos.

Y las broncas descomunales de Korta. Un día que has decidido pensar por tu cuenta en el entrenamiento  te agarra por el pecho, te zarandea y te grita “¡Dios, sois mala raza, mala raza, os daba una hostia en el pecho que os dejaba mudos”. Es lo que esperas. Es un genio en el amplio sentido de la palabra y su palabra es la  LEY. Si te dice que te tires a la Ría y te  quedes clavado en el negro lodo,  obedecerás. Se ha ganado  tu respeto y ríase usted del sargento instructor Hartman en “La Chaqueta Metálica“. Korta todos los días se come un par de marines instructores y si te descuidas te los caga en la cara (literalmente).

Y correr todos los días en silencio diez kilómetros, y hacer pesas en un galpón descuidado, y los viajes interminables en un Dodge destartalado hasta llegar al campeonato de España en  Mequinenza, un desierto en mitad de la nada.

Y todo eso de una manera amateur, sin cobrar un duro y sin tener ninguna intención de hacerlo. Y te sientes un sportmen, como esos deportistas de principios del siglo pasado que acudían a las Olimpiadas pagándose el billete y la habitación, por la gloria de su patria, cualquiera que fuera.

Y piensas que el deporte debiera de ser eso. No una cuadrilla de patanes, sin oficio ni beneficio,  ganado decenas de millones por patear sin gracia un pelotón. Y acaban las regatas y compartes una cerveza con la tripulación que te ha ganado o a la que has vencido. Y tan amigos. Y te pavoneas con tu camiseta verdinegra ante las neskas de Bermeo, de Mundaka, de Donosti o dónde el viento y la liguilla de ese año te lleven.

Y Kaiku vuelve a ganar, estuvimos de racha,  y es suficiente pago una fanfarria en las calles de Sestao. Y ahora, 27 años después ves a los chavales que te han tomado el relevo y dices : ¡ojalá estuviera allí, cómo lo hecho de menos!.

Aupa Bizkaitarra, Kaiku, para mi siempre has sido el amo.

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