Una sombra gris a la espalda

Llevo un par de semanas con el blog desatendido pero esto no se va a convertir en una pauta. Tengo temas, tengo ganas y ahora, tras dos semanas en un trabajo nuevo, empiezo a tener algo de tiempo.
Hoy tocaba hablar de mi querida Lisbeth Salander. Me acaba de llegar un correo en el que mis libreros favoritos me cuentan que ya tengo reservado el tercer tomo de la trilogía Millenium y bueno, toca otro par de noches sin dormir.
Pero Lisbeth que es paciente,  racional y calculadora,  sabrá perdonar la digresión. Porque hoy han  matado una persona y siempre que alguien es asesinado algo muere en mi  interior.
Ese hombre quemado y con las extremidades rotas es una persona, con padres, hermanos y amigos. Que se ha levantado muy de mañana. Y también es un ¿hombre? el que  ha dejado una bomba en los bajos de un  automóvil para matar a otra persona con padres, hermanos y amigos. También se ha tomado la  molestia de madrugar, la precaución de esperar, el cuajo de manipular un explosivo que se ha cobrado una vida.
Pero lo que me fascina, en el sentido perverso de la expresión, no es ese ejecutor,  sino sus cooperadores necesarios. Aquellos que durante meses han recogido información, que han cruzado datos, que han acudido al colegio donde esa persona dejaba a sus hijos y le han observado meticulosamente. Aquellos con los que se ha cruzado cada día y han apuntado meticulosamente las entradas y salidas, los horarios, las pequeñas manías y costumbres del asesinado.
Espalda contra espalda, tomándose un zurito mientras los respectivos niños juegan en la calle. La leal tropa del terror, los que no se manchan las manos. Los héroes de latón que posibilitan que un vecino deje sus tripas esparcidas en la calle de su barrio. Una sombra gris a la espalda. Un chivato, o una chivata. Y lo más terrible: cuando dentro de quince años salga de la cárcel a  algunos les seguirá pareciendo un héroe.

Llevo un par de semanas con el blog desatendido pero esto no se va a convertir en una pauta. Tengo temas, tengo ganas y ahora, tras dos semanas en un trabajo nuevo, empiezo a tener algo de tiempo.

Hoy tocaba hablar de mi querida Lisbeth Salander. Me acaba de llegar un correo en el que mis libreros favoritos me cuentan que ya tengo reservado el tercer tomo de la trilogía Millenium y bueno, me tocan  otro par de noches sin dormir. Los libros de Stieg Larsson no se leen, devoran.

Pero Lisbeth que es paciente,  racional y calculadora,  sabrá perdonar la digresión. Porque hoy han  matado una persona y siempre que alguien es asesinado algo muere en mi  interior.

Ese hombre quemado y con las extremidades rotas es una persona, con padres, hermanos y amigos. Que se ha levantado muy de mañana. Y también es un ¿hombre? el que  ha dejado una bomba en los bajos de un  automóvil para matar a otra persona con padres, hermanos y amigos. También se ha tomado la  molestia de madrugar, la precaución de esperar, el cuajo de manipular un explosivo que se ha cobrado una vida.

Pero lo que me fascina, en el sentido perverso de la expresión, no es ese ejecutor,  sino sus cooperadores necesarios. Aquellos que durante meses han recogido información, que han cruzado datos, que han acudido al colegio donde esa persona dejaba a sus hijos y le han observado meticulosamente. Aquellos con los que se ha cruzado cada día y han apuntado meticulosamente las entradas y salidas, los horarios, las pequeñas manías y costumbres del asesinado.

Espalda contra espalda, tomándose un zurito mientras los respectivos niños juegan en la calle. La leal tropa del terror, los que no se manchan las manos. Los héroes de latón que posibilitan que un vecino deje sus tripas esparcidas en la calle de su barrio. Una sombra gris a la espalda. Un chivato, o una chivata. Y lo más terrible: cuando dentro de quince años salga de la cárcel,  a  algunos en este país, todavia les  seguirá pareciendo un héroe.

Y como si este blog fuera una jornada de un Curso de Verano destinada a aquellos que no conocen la realidad vasca y hablan, como el New York Times, de ETA como de un group of “Basque Militants”  les adjunto material suplementario para que hagan sus deberes.

Para empezar una lectura del gran Pedro Ugarte para el diario EL PAIS:

La Secta

PEDRO UGARTE 20/06/2009

Todo el mundo era consciente de que no había terminado la violencia política en Euskadi. Y si nadie se engañaba a ese respecto, el único efecto real de la existencia de ETA, la sangre derramada, iba otra vez a hacer su aparición, más tarde o más temprano. Era cuestión de tiempo. Desde el asesinato de Inaxio Uria, no ha habido que esperar mucho.

La muerte de Eduardo Puelles reproduce, como en un mantra, la enésima edición de la misma tragedia: una persona asesinada, una familia destrozada, viuda, huérfanos, dolientes amigos y compañeros. Nada que no supiéramos, nada que no hubiéramos visto ya otras veces. A la mayoría todo esto nos asquea, pero hoy existe una familia, otra familia, que lo experimenta de un modo atroz y singular: el día de ayer marcará sus vidas para siempre y esa amargura jamás tendrá retorno.

Nada queda por revelar sobre la violencia de ETA, ni sobre la vileza de quienes la practican o de quienes permanecen hoy callados, discretamente ausentes, como si esto no fuera con ellos. En las jaulas acristaladas de los juzgados, los etarras siempre asoman divertidos, sonrientes; hacen guiños a sus amigos, lanzan besos a sus novias y muestran una sonrisa cínica y dentada. Curiosa animación dicharachera para quien acaba de poner una denuncia por torturas. Pero ese teatral divertimento también señala un paisaje moral, un trastero donde hay jóvenes que maman odio y se chutan sangre ajena. Bracean en un caldo donde ni siquiera hay lugar para el maquillaje moral que se aplican los verdaderos soldados. El juego sucio que practican mencionando a los gudaris removerá los huesos de sus tumbas.

El drama de Euskadi se reduce a una agrupación sectaria de unas ciento veinte mil personas, sujetas a un vaciado ideológico y moral. Las familias han perdido el gobierno de sus cachorros; incluso se dejan llevar por los caudillos, en una indigna claudicación de sus deberes paternales. Componen una agrupación de seres extraviados, anclados en lo peor del siglo XX, paralizados en la retórica apestosa de la extrema izquierda y de un nacionalismo revolucionario de extracción tercermundista.

Han construido un subsistema de valores al margen de la ciudadanía, se alimentan de una terminología extraña, viven en un universo autosuficiente. Sus bares son distintos. Sus medios de comunicación, los necesarios. Aletean como pájaros necrófagos sobre reivindicaciones masivas hasta hacerlas suyas y ahuyentar a los bienintencionados. Si alguna agrupación del País Vasco alcanza hoy la consideración de secta es la izquierda radical, asumiendo uno de los principios fundamentales de esa clase de movimientos: construir una subcultura ajena a la mayoritaria y hacer de ella una trinchera. Más que de una ideología, hablamos de una subcultura. Y ellos lo saben, aunque no tengan el coraje de decírselo a sí mismos.

Para acabar y relacionado el editorial del periódico GARA del día posterior al asesinato:

Los discursos no alteran la realidad

La muerte en atentado de Eduardo Puelles García, jefe del Grupo de Vigilancias Especiales de la Brigada de Información de la Policía española en Bilbo, unidad encargada de la lucha contra ETA, refleja en toda su crudeza el conflicto vasco. Es también, entre muchas otras cosas, una muestra del escaso valor de las especulaciones que en términos de victoria y derrota se lanzan a menudo desde el Gobierno español en relación al conflicto vasco. Especulaciones que, en el mejor de los casos, buscan conseguir una ventaja política sobre el enemigo de cara a un futuro acuerdo. Discursos que, en el peor de los casos, buscan dificultar o incluso cerrar las puertas a una negociación que no tiene otra alternativa que la perduración del conflicto por varias generaciones. Discursos que, en definitiva, o bien son irresponsables o bien son directamente responsables del alargamiento del sufrimiento para todas las partes.

Desgraciadamente, esos discursos de firmeza -y al fin y al cabo de negación-, pronto dan paso a la apología de la venganza. Se busca así, precisamente en nombre del sufrimiento, la inhibición social frente al sufrimiento ajeno. Y se pretende implantar un esquema maniqueo que hace de la negación de la realidad su principio rector. Esta misma semana los portavoces del Gobierno de Lakua han afirmado que en Euskal Herria no existe conflicto político y que harán de esa idea no sólo su lema, sino su criterio para otorgar o eliminar derechos políticos y civiles básicos. Los políticos, más aún quienes ostentan cargos públicos, pueden y deben plantear sus objetivos, sus anhelos y sus posiciones políticas, y deben hacerlo firmemente. Pero no pueden negar la realidad. Y menos aún hacer de esa negación un elemento de supuesta superioridad moral.

El atentado, al igual que el resto de expresiones violentas, evidencia la necesidad de buscar una resolución del conflicto político en parámetros de diálogo, acuerdo, respeto, democracia, justicia y paz.

(no lo comento porque, desgraciadamente, se comenta sólo)

Anuncios

3 pensamientos en “Una sombra gris a la espalda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s