Ciudad Permutación

Tras haber sido severamente reprendido por mi último post, escribo sobre algo más sencillo e inocuo: la esencia del ser humano.

John Carter de Marte y la pricesa Dejah Toris

John Carter de Marte y la pricesa Dejah Toris

Creo que tenía diez años cuando encontré un libro en una estantería. Era de mi hermano mayor y tenía una chica en bikini en la portada junto con un individuo con una espada. Con esa imagen era imposible no caer, así que comencé a leerlo y me enganché.  Era la historia de John Carter y su amada Dejah Thoris en   “Una princesa de Marte”, escrita por Edgar Rice Burroughs un autor conocido sobre todo por su personaje de Tarzán.

No era, en sentido estricto ciencia ficción, pero abrió la puerta. Le siguieron el tío Asimov, Heinlein, Bester, K. Leguin o  Philip K. Dick,  que estás en mi cielo de lo sublime,  y un largo etcétera.

Los sf adictos somos como una pequeña secta. Rectifico, eramos una pequeña secta antes. Ahora el genero es mainstream, los autores se venden como literatura de consumo e incluso algunos son superventas. Pero leer sf sigue teniendo el regusto de lo marginal, de lo prohibido. Me gusta huir a esos mundos imperfectos, terraformar Marte, viajar en el tiempo, o encontrar universos alternativos.

Creo que la sf es un entrenamiento para enfrentarnos a los futuros que nos esperan o quizás, una especie de vacuna contra la intolerancia. Si hemos sido capaces de comprender, admirar y emocionarnos con plantas pensantes, con rocas que han adquirido conciencia o con razas humanoides de planetas lejanos. cómo no vamos a tratar de entender al extranjero que  nos visita que, tan sólo. es otro ser humano.

Uno de esos universos lo ha imaginado Greg Egan. En Ciudad Permutación se habla de la inteligencia artificial. De lo que podría ocurrir en un futuro si la capacidad de la informática consiguiera trasladar a modelos  virtuales nuestra personalidad como seres humanos. Lo que resultaría de esa traslación serían copias que vivirían en un ambiente cibernético. Que “conocerían” que son copias pero que tras la muerte del ser  que las ha generado tendrían su propia existencia. Serían seres conscientes en todos los sentidos.

Lo que nos lleva a la paradoja que trató de evitar  Descartes con su máxima racionalista del “cogito ergo sum” . Esas copias “son”,  ontológicamente hablando,   porque piensan y tienen conciencia de su ser. Las derivaciones de un universo poblado por clones de esas copias se complica hasta el infinito. Lo que, en definitiva,  nos hace plantearnos, muy en el sentido dickiano (de Philip K. Dick) si nuestras vidas, ordenadas y presuntamente reales, no son sino complicados programas de ordenador, ejecutados en un hardware biológico en un universo que es una simulación planteada por una inteligencia superior.

Pero no divaguemos más. El libro muy bien.  La dedicatoria genial, y gracias a la donante: Alicia

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2 pensamientos en “Ciudad Permutación

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