Un cuento de Navidad

Me pide Ashet el comunactivo que le cuente, ahora que estamos en puertas,  que es lo más y  lo que menos me gusta de la Navidad.  Haré trampas y no responderé o responderé a mi manera. Ahí va:

Maria trabaja hasta tarde. Era maestra en un colegio privado pero ahora limpia casas. José está regulado, cobra menos que antes y, entre los dos, casi llegan a fin de mes. Un descuido  no planificado hace que ahora estén esperando un bebé. Es el tercer mes de embarazo y Maria decide ir a una clínica sin decirle nada a José. Espera en una habitación llena de chicas jovencitas y ella, que ya roza los cuarenta, se da cuenta que el suyo no es un caso raro. Habla con un sicólogo, que le trata con cariño, le anestesian localmente, y pese a todo nota como algo le hurga  por dentro. “Reposa” le dicen, le secan el sudor,  y al de una hora, se levanta con cuidado y coge el metro hasta su casa. Jesús no nacerá estas navidades.

Ron Cobb

María es negra como el carbón. Salió con su novio José, de su aldea,  rumbo a esa Europa que tanto brilla en la televisión que, a veces,  a podido ver en la cantina de la ciudad africana  cuando han acudido al mercado. En el desierto José no ha podido seguir, se quejaba de que le dolían los riñones y los guías le han prometido que cuando regresen le ayudarán. Le dejan un bidón de agua que sólo le alcanzará para siete días. Desde que se ha quedado sola,  María ha sido sistemáticamente violada por aquellos a los que pagó para que la llevaran a las costas del Sahara. Es inutil resistirse, la alternativa es quedarse en el desierto o una paliza. Para cuando, al cabo de un par de meses, el cayuco parte, Maria está embarazada pero no sabe de quién. Eso le dará igual. Una tormenta hace que el motor quede anegado y deje de funcionar. Cuando el buque  de rescate  llegue a la pequeña embarcación María y otras doce personas habrán muerto de sed y de frío. Jesús, su hijo, no nacerá estas navidades.

Miriam tiene un permiso del ejercito israelí para cruzar la frontera de Gaza y llegar hasta Cisjordania donde su madre está agonizando. Cada día cientos de personas agitan sus papeles y los soldados, apenas unos niños, miran con odio a la multitud y gritan que hoy no se podrá pasar que quizás mañana. Hoy la gente está especialmente nerviosa, se ha corrido el bulo de que las puertas metálicas se van a abrir y de repente todo el mundo corre, todo el mundo se agita. Una persona cae. Es una avalancha. Los soldados desbordados agitan sus porras, la marea humana se calma. Tres personas están en el suelo, sin vida. Un anciano, Miriam y el hijo que lleva en su vientre. Jesús tampoco nacerá estas navidades.

Un delfín arrulla al feto que sabe que está gestando. Desde que su inteligencia y su instinto le han enseñado que pronto habrá un nuevo miembro en el grupo su alegría es más intensa si cabe. Hoy se han acercado a comer los pequeños peces que llegan  hasta las arena. De repente un estruendo se ha empezado a escuchar y la comunición ha sido ya imposible. Un ardor blanco ha destellado en su lomo. Duele, y cada vez está más débil. Ve a sus compañeros agonizar y el agua toma el color de la sangre. El delfín hembra no lo sabe pero ha acabado su vida en la bahía japonesa de Taiji donde, cada año, cientos de delfines son arponeados por pescadores que les acusan de acabar con los bancos de peces.

Bienaventurados los mansos porque ellos heredaran la tierra…

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3 pensamientos en “Un cuento de Navidad

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