Gracias a la RENFE, ma non troppo

Lo reconozco, soy un poco malo (pronunciese “malo” con el dedo meñique de la mano izquierda apoyado en la boca). Me fascina viajar en el tren de cercanías de la margen izquierda de Bilbao y contemplar las caras de estupor, incredulidad y sorpresa del personal cuando están hablando y se quedan sin cobertura en sus teléfonos móviles. Este tren tiene, en su trayecto desde la capital hasta Santurtzi,  un trayecto de sombra en todos los móviles de unos siete minutos, pero eso da para hacer un estudio sociológico sobre el enganche que tienen muchos a su telefonino. A la sorpresa suele suceder un periodo de intranquilidad, nerviosismo e incluso, como he contemplado esta misma mañana,  de agresividad. Un tipo al que se le ha cortado la conversación ha comenzado a golpear su móvil contra la barra del metal y yo, pensaba, ¡qué culpa tendrá el pobre bicho, no la pagues con la maquinita, pobrecilla!.

Una imagen del gran ilustrador Ron Cobb. Y ahora dónde enchufo la tele...

Cuando el tren abandona los túneles y aparece en la estación de Olabeaga casi se puede escuchar un suspiro colectivo de alivio y de inmediato se suceden las llamadas. Y es que, no es que me importe que me chillen a la oreja, pero si por lo menos se escuchara algo trascendente. Pero, como todo el mudo sabe, las conversaciones del móvil generalmente tratan sobre asuntos tan importantes como qué comida le espera al que interroga o que se hizo el pasado fin de semana. ¡Ah! y un clásico; las conversaciones en las que invariablemente se pone a parir a alguien.  No es que pretenda que el tren de la margen izquierda se discuta  sobre  la naturaleza de la angustia existencial en la obra de Kierkegaard, pero en muchos casos a estas conversaciones estaría muy bien aplicarlas  esa bella frase de que, “si lo que tienes que decir no es más bello que el silencio,  cállate la boca”.

Y hablando de silencio, en los trenes de cercanías me siento en ocasiones como el personaje de Álex en la “Naranja mecánica” cuando es torturado con música de su amado Beethoven. Me encanta Mozart pero si me ponen una vez  mas alguno de sus cuartetos de cuerda voy a acabar odiando al autor y por extensión a toda la música  barroca.

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