Bloody St. Ballantine’s Day

Lo contrario del amor no el odio. Ni siquiera el desamor. Lo contrario del amor son esas pequeñas cosas que todos los días consiguen que el mundo sea un lugar más difícil, menos amable.

BallantineNo ceder el asiento en el autobús o en el metro. Los relucientes cascos blancos del ipod hacen que, curiosamente, el anciano, la embarazada, la persona con movilidad reducida que, a duras penas se mantiene de pie, sea invisible. Es debido al muy estudiado “efecto de ceguera histérica del mp3”.

Ser un/a cabestro con el automóvil. Imitar a Fernando Alonso en las rotondas de tu barrio. Pitar al conductor de adelante una micronésima de segundo antes de que se ponga el semáforo en verde. Ponerte a diez centímetros del parachoques del automóvil que te precede y dar las largas sin pensar que ese conductor que tarda en reaccionar puede ser tu anciano padre, o el padre de cualquiera y que necesita más tiempo para maniobrar.

Odiar al extranjero y pensar que te va a quitar tu puesto de trabajo. Para empezar; en la gran mayoría de los casos, ese extranjero viene aquí a hacer la tarea que ni en tus peores pesadillas quisieras hacer. En segundo lugar, tu padre, tu abuelo, el abuelo de tu abuelo también fueron (de eso hay una seguridad antropológica del cien por ciento) inmigrantes.

Practicar discriminaciones en base a la orientación sexual adoptada por la persona, por la raza, por el sexo. Esas discriminaciones casi imperceptibles pero que se refuerzan con esos desagradables chistes y comentarios machistas, homofobos o racistas. No hace falta ser del Ku klux Klan para, con la acción o con la dejación mantener el casposo estatus.

Pretender que la sanidad pública no ponga la sedación a un enfermo terminal basándote en unas creencias religiosas. Cualquiera que haya pasado con un enfermo de cáncer sus últimos seis meses de vida sabrá que, si le quieres, robarías, mentirías o darías un brazo por aliviar su dolor. Lo perverso, lo hipócrita, es que aquellas personas que tratan de evitar que nuestra sanidad pública cumpla su función en casos como el que he aludido o en embarazos que ponen en riego la salud física o sicológica de la gestante, serían los primeros que llevarían a sus familiares a lujosas clínicas privadas donde les sedarían si padecen dolores, o donde, si es preciso, y por el buen nombre de la familia, le practicarían una interrupción del embarazo a la niña (pero, que no se enteren en el colegio de pago, ni en el club de campo).

No amar, es evitar ver la cara del otro. No reconocerle como ser humano. Pensar que una ideología merece derramar una sola gota de sangre. No amar es vivir en una isla en la que el yo es el único territorio rodeado de un océano de indiferencia hacia el resto de los seres humanos.

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