Hay un cómico en España que se ha vuelto loco. No está loco de amor, no es un loco gracioso, no hace locuras divertidas. Está enfermo, de una enfermedad mental grave que le hace ponerse en peligro y que hace correr graves riesgos a la gente que le rodea. Ese loco fue un gran actor. Fue un cómico muy divertido. Fue un tipo, también, con un ego del tamaño de un castillo. Ahora sólo es un enfermo digno de lástima.
Se llama Andrés Pajares.
Ese loco es carne de cañon de los programas rosas de la televisión. Cada vez que el loco sale a la calle hay un batallón de periodistas que le enfocan con sus cámaras, le chillan, le acosan. Como en la peor de las pesadillas de un paranoico, cuando cree que le persiguen, está realmente siendo perseguido.
Curioso este país este que crea figuras para luego engullirlas en una maquinaria trituradora. Cuanto más famoso haya sido el personaje más nos regocijamos en su caída. Pongámonos en el caso de que Andrés Pajares, en lugar de una manía persecutoria y un trastorno bipolar, estuviese enfermo, por jemplo, de peste bubónica. ¿Os imagináis a los reporteros siguiendo sus pasos trémulos y gritándole “Andrés, Andrés, dinos si has entrado en la fase de la enfermedad en la que los ojos sangran y el hígado se revienta”? Sólo a un grandísimo hijo de puta se le ocurriría hacer esto y sin embargo, a este hombre enfermo, le hacen el peor de los favores acrecentando con la persecución inmisericorde su angustia y sus delirios.
Y aquí os dejo una breve reflexión sobre la fama. La mayor parte de los seres humanos no estamos preparados para la fama. Estuve durante tres años siguiendo, como periodista de una revista de televisión, a los famosos y famosillos que intervenían en programas de variedades televisivos. La mayor parte de ellos son hoy juguetes rotos que darían sus brazos por participar en un reality. No por el dinero, sino por la drogra que es la fama, por el hecho de que te reconozcan, te saluden y puedas entrar en el pub o discoteca de moda o que te pongan en la mejor mesa del restaurante. Fui testigo de los peajes que mucho de ellos y de ellas tuvieron que pagar, muchas veces el sexo formaba parte de esa moneda. Así, por ejemplo, recuerdo la noche en la que una folclórica dijo que no salía a actuar sino le llevaban a su camerino a un chaval, muy muy joven, que formaba parte del cuerpo de baile. Es la fama, la que hace que muchos pierdan todo: su dignidad, su vida, su cordura…
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